viernes, 19 de noviembre de 2010

Barcelona, ¿ciudad anti moda?


Una de las cosas que más me regocijan de esta ciudad, Barcelona, es que al salir a la calle uno se da cuenta de lo poco que la gente sigue aquí la moda. Ayer por la tarde, salí a pasear con la excusa de inspirarme para el blog. Soy una chica de la calle super contrariada por muchas razones, pero no hay nada que me guste más que caminar por la ciudad y mirar a la gente. Debían de ser las siete, la Diagonal estaba atestada de coches como siempre (lo cual también me gusta, las luces y el ruido de los coches forman parte del decorado, iluminan la ciudad), ya había anochecido, caían algunas gotas y en el aire empezaba a flotar el aroma de la Navidad -para mí la Navidad es como el verano del invierno, me zambullo en ella con entusiasmo-. En fin, entré con los niños en una tienda a comprar velas de olor y les dejé eligiendo la que más les gustara (educar el olfato me parece básico, puede ser una fuente de placer inagotable, otro día, si queréis, os hablaré de eso) y yo me puse a deambular por la tienda. Y de repente me dije: aquí nadie sigue la moda. Nos han estado jodiendo con el color camel desde hace meses (by the way, si hay un color pretencioso que envejezca y aburguese, es este, solo la gran Grace Kelly sabía llevarlo) y ayer en todo el día vi 1 abrigo camel (y estoy prácticamente convencida de que la señora que lo llevaba lo tenía desde hacía años). No hay fashion victims, pero tampoco hay fashion heroes. Nos gusta la moda, pero después de haber pasado multitud de filtros y después de que haber pasado el más importante: el nuestro. Nos gusta la moda, pero una vez se ha convertido en ropa. La gente mejor vestida de Barcelona es gente que no sigue la moda. Eso también es ejercer la libertad y la independencia, ¿no? Y por una vez, me gustaron -y entendí- los abrigos oscuros y tristes, y me alegré de que en muchos casos la mayoría de la gente ni siquiera se fije demasiado en eso.
Y para celebrarlo, regresé a casa y me compré un precioso abrigo de estampado de leopardo por internet.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LAS MOU

El otro día os dije que había encontrado la solución para ir sin calcetines en invierno y no morir congelada. Tengo un problema con los calcetines, lo reconozco -aunque no es nada comparado con el que tengo con las medias-: me parece que después de ponérmelos dos veces ya están viejísimos -incluso los Burlington que son los que solía comprar-; opino que los bonitos son los de hombre, pero en una pierna de hombre, no en la mía; me da grima andar con ellos por encima del parquet y los de cashmere son caros, hay que lavarlos a mano y también envejecen mal. En resumen, es una prenda sumamente deprimente. Pues bueno, he encontrado la solución. Las Mou. Unas botas maravillosas forradas de borreguito. Cuando las llevas, es como si una parte de ti -los pies- siguiese calentita y tranquila en la cama, mientras tú trabajas, vas ha hacer la compra, te peleas con tu madre o lo que sea. Lo sé porque tengo unas Ugg, que son el mismo tipo de bota y que me pongo cada día a primera hora de la mañana para llevar a Noé hasta la parada del autobús. A mí las Mou me parecen bonitas, tienen algo un poco hippy, un poco infantil, que me gusta. Mis amigos  hombres no están muy de acuerdo, la mayoría opina que son horrendas, pero de todas formas, una no se viste para los hombres, se desviste, ¿no?
En fin, ¿qué hago? ¿Me las compro?

lunes, 15 de noviembre de 2010

¿CAE EL INVIERNO?

El viernes, al salir de casa, vi que en la Diagonal ya habían puesto las iluminaciones de Navidad (las mismas, maravillosas, que pusieron el año pasado) y los tablones de anuncios de los políticos (al menos, ya que vamos a tener que soportarlos durante las próximas semanas, ¿no podrían anunciarse poniendo la cara de otra persona? No sé, Brat Pitt o Robert Downey Jr. -yo votaría por él con los ojos cerrados, quiero decir, abiertos-. ¿Por qué creéis que los directivos de la Coca Cola o de Telefónica no salen en sus propios anuncios? Porque los consumidores nos tendríamos que pegar un tiro si viésemos la pinta que tienen). Bueno, no hablaré más de política en este blog de moda, pero presiento que voy a tener que comprar muchos jerseys para superar lo que nos espera. Me dije que el invierno caía de nuevo sobre nosotros y que lo único que me gustaba de esta época -comprar la ropa de invierno- ya lo había hecho, bueno casi, casi. Entonces vi a un señor trajeado con pinta de ejecutivo importante -el buen corte de pelo, el triste traje gris- saliendo de un edificio de despachos. En la entrada se detuvo un momento, levantó la cabeza al sol y cerró los ojos durante dos segundos con un amago de sonrisa en el rostro, se transformó completamente. Decidí que, si queremos, nos podemos resistir al invierno. Estos son los gestos de rebeldía contra el invierno que se me han ocurrido so far:
1. Bañarse en el mar.
2. No llevar calcetines (tengo la solución perfecta para hacerlo sin congelarse, os hablaré de ello otro día).
3. Comprar helado.
4. Intentar dejar una parte de sí mismo siempre al sol.
5. Llevar colores claros.
6. No cortarse demasiado el pelo (sobre todo los hombres).
7. Desnudarse a la primera de cambio (quiero decir, entre otras cosas, no dudar en quedarse en camiseta en un local con buena calefacción, por ejemplo).
8. Empezar a elegir las sandalias que llevaremos en verano (yo estuve a punto de comprarme unas la semana pasada por internet, pero en el último segundo me retuve). Es patético, ya lo sé, pero ¿por qué creéis que tengo un blog de  moda?
9. Imaginar que Robert Downey Jr. y su mandíbula son presidentes de la Generalitat.
10. Levantar la vista, porque: a. Tal vez te reconozcas en la mirada de alguien y b. Más arriba está el cielo y, en Barcelona, casi siempre es azul.
Feliz semana.
Milena

jueves, 11 de noviembre de 2010

Adivina qué bolso es.


Mi madre, que desde que nacieron mis hijos, solo les regala cosas a ellos -lo cual es, dicho sea de paso, una gran injusticia y algo que, francamente, me ha traumatizado bastante. Sí, mamá, sí.- llegó ayer a mi casa con esta maravilla. No con esta exactamente, con la misma en otro color sublime (llamado "azul pavo real". Azul. Pavo. Real. Poesía. Eres. Tú.), que después de una ardua reflexión, decidí cambiar por este que es más fácil de combinar. Me estoy volviendo razonable, ya lo sé, es bastante deprimente. En fin, mi bolso nuevo es de una sencillez y de una perfección alucinantes, no pesa nada, es de la medida perfecta, es más suave que Platero y yo y de un color teja maravilloso. Me pone eufórica mirarlo.
Cuando toda la casa -o sea, mis dos hijos- estuvo dormida, le di un besito, lo senté a mi lado en el sofá y estuvimos mirando la tele un rato. Me lo hubiese llevado a la cama pero tuve miedo de estropearlo. Hoy lo he estrenado. Qué fácil resulta ser feliz algunos días.
¿Alguien sabe qué bolso es? A quien lo adivine le invito a cenar.
Besos.
Milena

miércoles, 24 de marzo de 2010

Dime con qué bolso andas y te diré quién eres





Madrugo porque no tengo más remedio, todavía no entiendo porque el colegio -y la vida en general- no puede empezar a las 10 o a las 11 en vez de a las 8:30 o 9. No lo entendía de niña y sigo sin entenderlo ahora (casi todo lo que no entendía sigo sin entenderlo, más algunas cosas más). En fin, los niños ya estaban en el autocar (el mayor sin el equipo de gimnasia que nos habíamos dejado en la puerta de casa preparado y el pequeño sin calzoncillos porque aunque tiene dos docenas, a las siete de la mañana de aquel día, habían desaparecido todos) y yo (os ahorraré la descripción de cómo suelo ir vestida y peinada a esas horas y de la cara que pongo mientras esperamos al autocar a las 7:53 en la esquina de Paseo de Gracia) me estaba mentalizando para empezar a trabajar. Me acababa de pintar las uñas de morado para ver si me animaba un poco y estaba haciendo una exhaustiva lista de toda las ropa de primavera verano que me compraría si no estuviese arruinada, cuando de repente levanté la mirada distraídamente, vi mi bolso, sonreí y pensé que, a pesar de todo, la vida no estaba tan mal. Soy una mujer de bolsos (hay mujeres de bolsos y mujeres de zapatos, mujeres de cuadros y mujeres de flores, mujeres de un sólo hombre y mujeres de tres o cuatro, etc...), me gustan mucho, creo que a menudo definen bastante a la persona que los lleva y me parece que un bolso bien elegido puede durar veinte años. Aunque en realidad, después de mucho reflexionar he decidido que lo realmente elegante y cool es ir sin bolso, ese es el auténtico lujo. Sí, sí, más que un bolso de Bottega Veneta, de Mulberry, de YSL o de APC. Salir a la calle con las manos en los bolsillos, recordar que vivimos al lado del mar y que las gaviotas sobrevuelan la ciudad, pasear sin rumbo, olfatear la primavera, comprar ropa mentalmente...me acabaré convirtiendo en una persona profunda, lo presiento.

lunes, 1 de marzo de 2010

Por los pelos




El otro día tuve una iluminación -no suelo tener muchas, confío más en las iluminaciones de mis amigos-, yo normalmente tengo lo contrario, ¿oscurecimientos? ¿ofuscaciones? Y suelo salir de ellos habiendo comprado algo tan absurdo como un anorak negro, muy práctico, muy caro y muy deprimente (pero eso sí, muy caliente), más propio de los inviernos en Estocolmo o de alguien que no detesta el campo y la montaña, o un abrigo de leopardo, cuando en realidad lo que quería era un loden gris o verde oscuro como los que me hacían llevar de niña (recomendación a las pecosas como yo: leopardo + pecas = forget about it).
Pues bien, el otro día vi clarisímamente (en mi bola de cristal imaginaria) que de aquí a seis meses o un año nos habremos cortado todas el pelo. Tengo la sensación de que el look de pelo largo se ha agotado y que la reacción será ir radicalmente (como hace a menudo la moda, por eso es tan divertida, por eso suele ser lo opuesto al estilo) al otro extremo. A la salida de los colegios, el único sitio -real- donde "cazo" tendencias mientras espero a que salgan mis hijos, nunca había visto tantas chicas con el pelo largo, y con el pelo tan largo -y a menudo precioso-, no hay ni una sola chica con pelo corto. Yo voy por la calle con unas enormes tijeras imaginarias (sí, al menos un 30% de mi vida es bastante imaginaria, al parecer ese es uno de mis Problemas) cortando melenas, y las aceras se cubren de largos mechones, como alfombras, y vuelven a aparecer los cuellos (no es casualidad que Dracula mordiese a sus víctimas en el cuello, ¿no?) y las nucas (de los hombres, la cabeza, pero de las mujeres el cuello y la nuca, ¿no?). O tal vez sea sólo que tengo ganas de verano, de despejarlo todo, de empezar a quitarme ropa, a abrir balcones, a ver chicas que se pasan la mano por la cabeza (como hace mi guapa amiga Misia, gran precursora de esta futura tendencia), en vez de tocarse el pelo.
Bueno, ¿quién quiere acompañarme a la peluquería y cogerme de la mano mientras le digo adiós a mi melena?

viernes, 4 de diciembre de 2009

Cuestión de piel


Bajaba el otro día por el Paseo de Gracia, feliz de que por fin hubiese llegado el invierno, estornudando alegremente y disfrutando de las iluminaciones de Navidad, cuando de repente, al pasar por delante del escaparate de Trussardi, vi una estola de piel. Me detuve en seco. Sentí que un escalofrío me recorría la espalda. Pensé en todos mis amigos vegetarianos y en una historia que había leído en algún sitio sobre un grupo revolucionario que rociaba con spray de colores los abrigos de piel de las señoras. Entré. No es bueno resistirse a las tentaciones. La encantadora dependienta desenroscó la estola del cuello del maniquí y me la puso sobre los hombros, mientras me juraba que era piel de animales de granja y que no habían sufrido más que un pollo o un conejo cualquiera. No pesaba nada, era suavísima, cálida  y el color -un azul oscuro casi negro-combinaba a la perfección con todo. Y, lo más increíble, hacía que mis raídos tejanos, mi camisa de rayas de hombre, mi viejo abrigo de Prada y mis deportivas Puma parecieran, de repente, lo más glamouroso y sofisticado del mundo. Era una transformación absoluta. Al llegar a casa, se la enseñé entusiasmada a mi madre. Ella, sin levantar apenas la vista de su ordenador, dijo: "Las pieles son maravillosas, tú no deberías salir nunca de casa sin pieles o sin algún tipo de sombrero. Aunque entonces todavía te meterías en más líos. Ya estás bien como estás." Y siguió escribiendo. Tan tranquila. Es el primer consejo estilístico que me da en 37 años. Resultado, como soy una hija obediente, voy a comprar el pan con mi estola, me lavo los dientes con mi estola, hago yoga con mi estola y ya estoy ahorrando para comprarme otra en rebajas. Aunque, por desgracia, todavía no he logrado meterme en más líos. 
PS: ¿Qué opináis vosotros de las pieles? ¿Y de los sombreros?