viernes, 24 de mayo de 2013

Lo elijo todo


Sigo apasionadamente la serie "Game of thrones". Cada lunes, me descargo el episodio retransmitido el domingo anterior en la televisión norteamericana. La trama es tan compleja, que hay un montón de cosas que no entiendo (básicamente todos las idas y venidas por el bosque y en medio de la nieve), y tan violenta, que me salto fragmentos enteros para no tener pesadillas luego (y no tener que colarme, a media noche, en la cama de unos de mis hijos). Hace unas semanas, le cortaron la mano a uno de los malos (creo que es malo, pero no estoy segura: en la primera temporada, tiró a un niño desde una torre porque el crío le pilló acostándose con su hermana -creo que era su hermana-, pero ahora creo que se ha medio enamorado de su guardiana, una especie de gigante albina, que le odiaba y que le lleva por el bosque hacia no sé dónde, pero ahora ya se aprecian porque... no sé muy bien por qué... tuvieron una conversación muy profunda en que el malo lloró, pero no entendí muy bien qué pasaba...). En fin, le cortaron la mano, lo cual en esta serie es una minucia sin importancia -cada cinco minutos hacen cosas mucho más terribles- y, encima, se la colgaron al cuello. Así que el pobre tío tiene que pasearse durante todo el episodio con su propia mano colgando del cuello... cada vez más grisácea y seca y arrugada como una pasa.
Y va, y justo ayer, encuentro este collar de la diseñadora Jeanine Payer. Una diminuta mano de plata con un aro de oro y la genial frase de Santa Teresa, "I choose all", "lo elijo todo". Va a ser el lema del verano. Lo presiento.

martes, 21 de mayo de 2013

¿Quién es más viejo?



Por un lado, tenemos al semidios Keith Richards, hace un par de semanas, en un concierto en Nueva York, vestido de pies a cabeza de Saint Laurent (por Hedi Slimane). Por otro, a la persona antes conocida como Nicole Kidman, ayer, en la alfombra roja de Cannes, intentando mirar hacia su derecha y fruncir el ceño, sin que se le rompan todas las costuras y le salgan disparados los mofletes y los alambres que mantienen sus ojos tan abiertos. Keith Richards se ha hecho viejo sin dejar de ser quien ha sido siempre. Kidman ya no se sabe muy bien quien es, pero está claro que ella también está luchando por seguir siendo quien era. Nicole Kidman intenta aferrarse a su juventud. Keith parece aferrarse solo a su guitarra, a su estilo y a las cosas que le divierten. Se llevan más de veinte años, pero está clarísimo quien es el más joven de los dos.

jueves, 16 de mayo de 2013

Los pechos de Angelina Jolie


Si lo he entendido bien, Angelina Jolie se ha quitado las tetas (y se ha puesto otras, lo cual no es muy grave puesto que las que llevaba ya eran, de todos modos, falsas), preventivamente (una palabra nueva sumamente irritante, que sirve para justificar guerras injustas y operaciones a menudo innecesarias), para reducir el riesgo de padecer el cáncer de mama que acabó con la vida de su madre. Y ahora planea quitarse también los ovarios. Y es portada de todos los periódicos del mundo. Y muchos la consideran una heroína. No sé. Si tanto miedo tiene a la enfermedad, lo mejor (y lo más práctico) que hubiese podido hacer, era suicidarse. El destino, ese destino, la enfermedad que nos matará, el coche que nos arrollará, el acontecimiento que nos arruinará definitivamente la vida, no está en manos de ningún mortal, ni siquiera en las de Angelina Jolie. Es de una ingenuidad y prepotencia sin limites, creerlo. ¿Sabes, Angelina? Los dioses antiguos castigaban severamente a los mortales que osaban pensar que su destino estaba en sus manos. Porque al final, nunca lo está. Esa es la gracia. Esa es la desgracia.
La foto: unos pechos de verdad del Vogue francés de este mes. Esperemos que la modelo no se los quite, ni siquiera preventivamente.

martes, 14 de mayo de 2013

Mentiras piadosas


Una de las mayores mentiras piadosas de la humanidad es la de que el tamaño no importa. Como soy una dama, no voy a elaborar más sobre el tema, pero, 1. ¿De dónde creéis que viene la fascinación de las mujeres por los elefantes? 2. ¿De dónde creéis que viene la fascinación de las mujeres por las grúas?   Sí, todo el mundo sabe que nos encantan los elefantes y las grúas. ¿No?
Hay más mentiras piadosas:
1. "Cada año estás mejor, como el vino", que significa, "estás hecha una ruina". Ganas incontrolables de dar un tortazo a la persona que lo dice.
2. "Estás igual que hace 10 años", que significa, "estás decrépita, ¿qué demonios te ha pasado?".
3. "Lo que escribes es muy correcto", que significa, "Lo que escribes es un coñazo o una mierda".
4. "El sexo no es lo más importante en una relación", que significa, "Follar con esta persona es un calvario".
5. "Esos kilos de más te sientan muy bien, se te ve la cara más redondita", que significa, "Estás como una vaca. Corta ya con los donuts".
6. "Estás demasiado delgada", que significa, "Estás perfecta, me muero de envidia".
7. "No es guapa, pero tiene algo", que significa, "es feísima".
8. "No está delgado, es fortachón", que significa, "está gordo".
9. "No es tacaño, pero es cuidadoso con el dinero", que significa, "es un rácano de campeonato".
Y muchas más.
La foto de hoy. Mi taza favorita. Un elefante. Claro.

martes, 7 de mayo de 2013

Cuestión de encaje


No me refiero al encaje entre las personas. A ese "clic" que escuchamos algunas veces en nuestra vida, que significa que estamos, milagrosamente, ante una de las piezas perdidas de nuestro puzzle (no sé si todos somos islas, como dijo no sé quien, pero no tengo duda de que todos somos puzzles, y de que, si tenemos suerte, al final estará completo). Me refiero al encaje, a la blonda, a ese tejido con agujeritos que, bien llevado, te acerca a la primavera, a la piel, a la feminidad, etc, y, mal llevado, te hace parecer la invitada a una boda (la gente peor vestida que he visto en mi vida, la he visto en las bodas, es como si todos nos volviésemos locos). En fin, me gusta el encaje. Mucho. La sutileza, la ligereza, la transparencia, son guays en todo: en la ropa, en los hombres, en los libros, en las amigas. Está un poco pasada de moda, la sutileza, pero casi todo lo que me gusta lo está: la virilidad, la compasión, los excesos, la buena educación, el honor, etc... Cada día soy más como una abuela. Ya. En fin. Mi abrigo negro de encaje (de algodón, de la India, comprado en la tienda del barrio) va con todo, abriga y desabriga a la vez, está lleno de agujeritos por los que pasa el aire y los ojos, y es un poco princesa y un poco mendigo, como yo. Bueno, y ahora voy a seguir buscando mis piezas.


jueves, 2 de mayo de 2013

¿Para qué sirven las orejas exactamente?


Me pone de bastante mal humor que me coman la oreja. Nunca me ha parecido nada erótico. Me hace cosquillas, me entran ganas de echarme a reír, o de dar un manotazo a la persona en cuestión, para que vaya en busca de mi nuca o de mi boca o de donde sea, menos de las orejas. No me gusta que me las babeen, ni que me las soplen (nooooooooo), ni que me las hurguen (oh, nooooooooo!!!), ni nada más allá de dos o tres besos y/o mordiscos, en la parte externa. Y sin embargo, no ignoro que existe toda una erótica de la oreja. Complicada y sofisticadísima. Pero debo de ser un poco palurda, porque no la comparto. En el último (e interesantísimo) libro de la gran Marcela Iacub, cuenta su affair con Dominique Strauss Kahn y como éste le echa una especie de aceite tibio en la oreja y luego se la come durante horas, para éxtasis de los dos. Bueno, pues me parece genial, pero no es "my cup of tea". También cuenta como el tío le acaba arrancando un pedazo de oreja (yes) en un arranque de rabia-pasión. (Todas las perversiones tienen sus riesgos. Yes). Y el disgusto de ella por no poder llevar más pendientes (eso sí que lo entiendo perfectamente)... Bueno, al menos yo no corro el riesgo de perder una parte de la oreja en la cama (sangre por todas partes, las sábanas, la boca, ¡qué desbarajuste!). Algo es algo. Todo este rollo, para enseñaros mi nuevo (viejo) pendiente... El del cartílago (el otro es un aro de plata sencillo de Agatha). Es de la gran Chelo Sastre. Lo había tenido de muy joven, y lo perdí (supongo que se lo debió de tragar algún novio), y el otro día, me acordé y, de repente, no pude vivir ni un minuto más sin el pendiente. Llamé a Chelo, y le quedaba uno. ¿Os gusta?

martes, 30 de abril de 2013

Entrevista Ana María Matute


Esta es la versión, sin mutilar, de la entrevista que le hice a Ana María Matute, y que salió el sábado en Smoda.

ANA MARÍA MATUTE

     Recuerdo las noches de hace mil años, cuando la Matute venía a cenar a casa. Mi madre me lo anunciaba con una mezcla de regocijo y respeto. Y yo sabía, sin ningún lugar a dudas, que aquella noche nos íbamos a divertir. Que habría persecuciones a causa de la cantidad de alcohol que era conveniente beber, intercambio de vasos, excursiones disimuladas a la cocina, anécdotas divertidas y afiladas (el mito de la Matute como una viejecita bondadosa y tierna, que vivía en su mundo de fantasía, no coincidía para nada con la mujer fuerte, a pesar de todo, guapa, determinada y brillante que yo veía en casa) mezcladas con histories verdaderamente terribles, y la sensación emocionante, siempre, desde muy niña, de estar antes una persona absolutamente fuera de lo común.
    Nos abra la puerta del piso Juan Pablo, su hijo, un hombre como un armario, cariñoso y amante de los perros. Él y su mujer, Marisol, viven desde hace años con Ana María. El piso es tranquilo y luminoso. Al cabo de un momento, aparece ella, con el mismo aspecto de los últimos diez años, vestida de beige, como siempre, con el pelo impecable y esa piel transparente que absorbe toda la luz de la habitación y que hace que resulte imposible quitarle los ojos de encima. Está muy delgada, y su fragilidad, los huesos finos y quebradizos que se adivinan bajo la piel, hacen pensar en uno de esos gorriones que se han caído del nido y que, al recogerlos y sujetarlos en la mano, parece que se vayan a romper con un pequeño crujido. Lo cual no ocurre nunca. Con Ana María tampoco.
     Empiezo a explicarle (de nuevo, ya lo hice por teléfono, pero muy atropelladamente, siempre me pongo nerviosa al hablar con ella) para qué estoy allí. "¡Se me ha fundido la pila!", exclama de pronto. "Espera un momento, que la voy a cambiar y vuelvo". Juan Pablo advierte mi cara de asombro y me dice que se trata de la pila del audífono. Ana María regresa al cabo de un momento y me dice entre risas que ella no sabe nada de moda y que duda poder serme de mucha ayuda. "Pero eres presumida", le digo yo. "Sí, a pesar de que pasé la infancia trepando a los árboles con los chicos y con las rodillas peladas, era presumida. Me gustaba mirarme al espejo, me miraba los ojos. Tenía los ojos bonitos. Y, a veces, mi madre decía: "Mira qué tipito tan mono tiene esta niña". Pero de las tres hermanas, mi hermana mayor era la más guapa". ¿Y por qué no te gustaba jugar con las otras niñas? "Porque eran muy tontas", responde. "Lo único que hacían era imitar a sus madres, eran como mujeres recortadas. Pero después, de mayor, sí que tuve grandes amigas".
     Ana María Matute escribió su primera novela, Pequeño teatro con 17 años y fue finalista del Premio Nadal con 24. "A los 5 años, yo ya sabía que quería escribir. A mis padres les hacía gracia, pero no le daban importancia. Muchos años después, entendí que,  a pesar de que nunca me lo dijera, a mi madre le gustó mucho que yo fuese escritora. A ella, que era la típica burguesa de la época, le hubiese encantado hacer lo que hacía yo. No me dejaron estudiar una carrera y ahora soy Doctor Honoris Causa".
     Su padre, Facundo Matute, era dueño de una fábrica de paraguas. "Era un negocio familiar", explica Ana María. "Lo fundó mi bisabuelo, luego pasó a mi abuelo y finalmente lo heredaron mi padre y sus dos hermanos. Recuerdo el despacho de mi padre en la fábrica, con los retratos de mi abuelo y de mi bisabuelo colgados en la pared". Al padre le encantaba viajar y de uno de sus viajes a Londres le trajo el muñeco Gorogó, que Ana María todavía conserva. "Me encantaba. Como es muy planito, me lo podía poner debajo de la camisa y llevarlo a todas partes conmigo. Le contaba mis frustraciones. Es el muñeco de Primera memoria". Le pido que nos lo enseñe, que nos deje fotografiarlo y dice que no. "Ya lo ha visto todo el mundo". Tengo la sensación de que Ana María está tal vez un poco cansada de la imagen de viejecita encantadora con sus muñecos y su inagotable mundo de fantasía. Desea volver a él, -me cuenta que en cuanto los médicos soluciones sus problemas de oído, que le provocan vértigos y mareos, se pondrá a escribir una nueva novela que tienen en mente-, pero en sus libros, no en la vida real.
     En ese momento, Juan Pablo cruza el salón. Ana María lo mira de reojo y me dice en voz baja: "Le he adorado y le adoro. La única pega que tiene es que no me deja beber". Ana María se casó con su padre, el escritor Ramón Eugenio de Goicoechea, con 27 años. "Me enamoré de él. Yo había tenido más amores. Uno muy fuerte, pero que no podía ser. Y, poco a poco, me enamoré de Ramón Eugenio. Tuvimos una boda por todo lo alto, por la iglesia, de chaqué, toda la historia".
     Le pregunto cómo fue la transición del mundo de la burguesía al mundo más bohemio y liberal de los escritores. "No me gustaba el mundo de la burguesía. Cuando con 17 años, acabé mi primera novela, Pequeño teatro, que había escrito a mano, me fui a la editorial Destino. En aquel momento, no había escritoras, solo estaba Carmen Laforet. Ignacio Agustí, el editor, fue muy amable conmigo, me dijo que pasase el manuscrito a máquina y que se lo mandase. Eso hice. Al cabo de unos días, me lo encuentro al salir de casa. "Señorita Matute -dijo, y se quitó el sombrero-, hemos leído su libro. Y nos ha gustado mucho". Yo estaba roja como un tomate, hasta el pelo se me encendió". Pocos años después, Ana María obtuvo una mención especial del Premio Nadal con Los Abel, el mismo año que Miguel Delibes ganó el premio con La sombra del ciprés es alargada. "Nos conocimos entonces. Delibes era encantador. Una buena persona, un extraordinario escritor. Nos llevamos muy bien siempre y yo creo que me quería. Me invitó muchas veces a dar conferencias en Valladolid. Le encantaba la merluza. Siempre íbamos a comer una merluza buenísima". Se queda pensativa un instante y añade: "Se me mueren todos, incluso el señor que me propuso para el Nobel...".
     Le pregunto si sus padres la dejaban salir con escritores. "Sí, había un grupo de escritores mayores, que ahora nadie recuerda, que me querían mucho. Me venían a buscar a casa y como eran señores mayores y serios, que publicaban libros y participaban en tertulias, mis padres me dejaban salir con ellos. Me llamaban el pequeño cosaco. Fue la primera vez que fui a los barrios bajos". Más adelante, conoció a la generación siguiente: "Recuerdo un día, en el tren de Sarrià, de repente se me acercó un chico joven y me preguntó: "Tú eres esa chica que ha publicado un libro, ¿verdad? Yo también escribo". Nos abrazamos. Era Juan Goytisolo". También se hizo amiga de José Agustín, el hermano de Juan: "Tenía muy mala leche, pero siempre que la tomaba con alguien, tenía razón. Y podía ser muy gracioso. Gil de Biedma y Barral eran muy brillantes, pero a veces podían resultar un poco avasalladores. Algunos camareros de Barcelona todavía recuerdan nuestras reuniones...". Pero Ana María siempre ha ido de por libre: "Nunca quise pertenecer a ningún grupo, ni nada".
     Intento regresar al tema de la moda y del estilo. Le recuerdo las joyas que fabricaba para sus amigas con cristales y alambres y piedras de la playa, y de las que mi madre tanto me había hablado (aunque no conservaba ninguna. Al parecer, se desintegraban al cabo de media hora, lo cual era parte de su gracia). "¡Se las regalaba todas a tu madre! Era a quien más le gustaban. A mí siempre me ha gustado mucho  todo lo manual. Construía pueblos con cosas encontradas, con cosas que ya no funcionaban. Con un bolígrafo estropeado, por ejemplo, hacía un farol. Son cosas que requieren imaginación, creatividad. Por eso me gustaba pintar. En la época en que me quitaron a mi hijo [cuando Ana María Matute se separa de su marido en 1963, las leyes españolas de la época daban automáticamente la custodia al padre], pintaba su cara constantemente". Y me señala una acuarela pequeña de la cabeza de un niño de pelo oscuro y ojos grandísimos y un poco tristes. Tardaría dos años en recuperar la custodia. "Cela y Rosario, su primera mujer, me ayudaron mucho en aquella época, me acogieron en su casa. Años después, cuando ya se había separado, ella, a veces, me preguntaba: "¿Qué? ¿Ves mucho al señor Castaño?". Y yo le decía: "No, desde que está encastañado, casi no le veo". Éramos muy amigos".
     El fotógrafo le pide que se acerque a la ventana para hacerle un retrato. Se levanta con ayuda de una muleta. Murmura: "Estoy hecha un harapo". Y añade: "Recuérdame que te enseñe las muletas que me regaló el Rey. ¡Imagínate! ¡Me regaló sus muletas! Me quedé con la boca abierta. Son increíbles: tiene luz, sonido, luz de bicicleta, de todo. Le dije que solo les faltaba una cosa: que me prepararan los gin tónics. Cuando llegaron, no estábamos en casa y el mensajero las dejó en el bar de abajo. Todo el barrio estaba conmocionado".
     Empieza a caer la tarde. Es uno de los primeros días de calor del año, hay una luz sorda y el fotógrafo y su ayudante han empezado a recoger. Ana María me regala un par de libros dedicados para mis hijos. Me enseña una réplica exacta en miniatura de su despacho, que le ha hecho una amiga. Abre el diminuto cajón del diminuto escritorio y saca una foto minúscula de Paul Newman. Nos reímos. "Ahora que llega el buen tiempo, arreglaremos la terraza, celebraremos la verbena, Marisol hará mojitos, te llamaremos". Salgo a la calle, paso por el bar y pienso en las muletas del Rey. Y en la Matute. Y me alejo. A regañadientes.