


Me he comprado unos leggings. Negros. Me encantan, son los nuevos tejanos femeninos: son cómodos pero sensuales, se pueden llevar con todo y le sientan bien a todo el mundo. Creo que me voy a comprar tres pares más. ¿No es suficiente con uno? No, no, no. Quiero que los leggings se conviertan en mi forma de vida. Quiero un compromiso serio. Mis leggings y yo. Además, ¿no os parece que hay prendas de las cuales es muy difícil comprar sólo un ejemplar? Las camisetas de algodón o los braguitas o los calcetines, por ejemplo. A veces sueño que tengo un mueble con cajones y que dentro todo está ordenado. Sí, Mamá, sí, no te rías. Hay un cajón para los calcetines en el que realmente hay calcetines (es increíble, ya lo sé, pero los sueños son así), y además están limpios, emparejados y son los míos (no los de los niños). Y hay un cajón para las camisetas de algodón y otro para la ropa interior. Pues bien, en ese mundo ideal también habría un cajón para mis nuevos leggings. Me parece que voy a llevarlos cada día, con todo: con botas, con bailarinas, con camisas de hombre, debajo de los vestidos ligeros de verano, con chaquetas, jerseys y camisetas "oversize". Esta mañana me los he puesto para llevar a los niños al colegio. Llevaba las Birkenstock (parece que han bajado las temperaturas pero yo ya no me fío), los leggings negros y una camisa larga de cuadros rojos y negros. Estaba encantada de la vida. De repente, al llegar a la portería Noé (9 años) me ha mirado y ha pegado un grito: "¡Mamá!, ¡Has olvidado ponerte la falda! Vas sólo con medias." Héctor (2 años) se ha puesto a chillar: "¡Falda! ¡Falda! ¡Mamá falda!" ¡Parece mentira que sean mis hijos y que entiendan tan poco de moda! ¿Alguien sabe dónde puedo comprar una biografía de Coco Chanel para niños?